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martes, marzo 03, 2009

Carlos Taibo: Las cuatro crisis

La afirmación que subraya que la crisis de estas horas recuerda poderosamente a la de 1929 se topa con un problema severo: la crisis contemporánea tiene un carácter múltiple que no exhibía la de ochenta años atrás. Y es que hoy se dan cita, en una combinación explosiva, la crisis del capitalismo global, la derivada del cambio climático, la surgida del encarecimiento inevitable de las principales materias primas energéticas que empleamos y, en fin, y si así se quiere, la nacida de un crecimiento demográfico de efectos muy delicados.
Publicado en:
http://javierdelaribiera.blogspot.com/2009/01/las-cuatro-crisis-carlos-taibo.html

En semejante escenario, si la crisis de 1929 sirvió de asiento a la consolidación de los fascismos en la Europa del decenio siguiente, con las consecuencias conocidas, la de hoy anuncia procesos tanto o más inquietantes. Como es bien sabido, la principal respuesta que han abrazado los principales centros de poder, en EE UU como en la UE, es tan insuficiente como inmoral. Su propósito principal no es otro que sanear un puñado de instituciones financieras desde hace tiempo entregadas a prácticas lamentables. El objetivo, visible, es que cuanto antes puedan volver a las andadas. Al respecto se antoja llamativo, por cierto, que apenas se hayan abierto causas legales contra los directivos de esas instituciones. Tan llamativo como que los gobiernos, convidados de piedra mientras las empresas acumulaban, tiempo atrás, formidables beneficios, acudan ahora presurosos, con el dinero de todos, a su rescate en época de vacas flacas.


Bien es verdad que en el terreno formal se postula -véanse, si no, las reiteradas declaraciones del presidente francés Sarkozy- un capitalismo más regulado. Entiéndase bien lo que esto, en los hechos, significa: cuando se sugiere que hay que cancelar los abusos que han acompañado al despliegue del proyecto neoliberal se olvida que este último es, en sí mismo, un abuso. La parafernalia retórica empleada pretende hacernos olvidar que en realidad no hay ningún designio de abandonar ese proyecto, como lo demuestra, sin ir más lejos, el hecho de que nadie en los estamentos directores de la UE haya apuntado la conveniencia de prescindir, sin trampas, de un tratado, el de Lisboa, de clara vocación desreguladora.

Pero es urgente subrayar que, de nuevo a diferencia de lo que ocurrió con posterioridad a 1929, hoy las respuestas keynesianas se topan con problemas insorteables. El principal es, sin duda, el que nace de los límites medioambientales y de recursos que acosan al planeta. Quienes estiman, por ejemplo, que la obra pública en infraestructuras de transporte es una respuesta airosa frente a la crisis deberán explicarnos quién va a utilizar las maravillosas autovías que se aprestan a construir cuando el litro de gasolina, dentro de unos años, cueste seis, ocho o diez euros.

Es significativo, por lo demás, que en estos días a gobernantes y medios de comunicación sólo les preocupe la primera, y la menos importante, de las cuatro crisis que identificamos. Semejante conducta sólo puede explicarse en virtud, de nuevo, del propósito de salvar la cara al proyecto neoliberal y eludir, con ello, cualquier consideración seria de lo que se nos viene encima. Al respecto, y dicho sea de paso, la crisis se ha convertido en una formidable cortina de humo que permite mover pieza en terrenos delicados. En las últimas semanas se ha recurrido con frecuencia, en particular, a la aseveración de que los problemas financieros han dado al traste con los Objetivos del Milenio o con la lucha contra el cambio climático, como si uno y otro proceso no estuviesen muertos antes de la propia crisis. En la misma línea, sobran las razones para concluir que son muchos los empresarios decididos a aprovechar la tesitura para, con gran contento, prescindir de muchos de sus trabajadores. Nunca se subrayará lo suficiente, en suma, que los 540.000 millones de euros invertidos en el plan de rescate estadounidense permitirían resolver de una tacada los principales problemas planetarios en materia de sanidad, educación, alimentación y agua. Este dato, por sí solo, se convierte en un fiel retrato de las muchas miserias que tenemos entre manos.

En la magra discusión mediática que ha cobrado cuerpo sobre la crisis falta, visiblemente, una conciencia clara de los límites medioambientales y de recursos del planeta. Al respecto hay que colocar en lugar central el concepto de huella ecológica, con el recordatorio paralelo de que hemos dejado muy atrás las posibilidades materiales que la Tierra nos ofrece, de tal suerte que en los hechos estamos consumiendo recursos que no van a estar a disposición de las generaciones venideras.

Sorprende sobremanera que en la discusión mencionada no haya espacio alguno, en los países ricos, para tomar en serio la imperiosa necesidad de acometer un proyecto de decrecimiento en la producción y en el consumo. Y, sin embargo, bien sabemos que el crecimiento económico, idolatrado, no propicia una mayor cohesión social, genera agresiones medioambientales a menudo irreversibles, se traduce en el agotamiento de recursos con los que no van a poder contar nuestros hijos y nietos, y, por si poco fuere, facilita el asentamiento de un modo de vida esclavo que, al calor de la publicidad, el crédito y la caducidad, nos invita a concluir que seremos más felices cuantos más bienes acertemos a consumir.

Frente a toda esa sinrazón es hora de defender la solidaridad y el altruismo, el reparto del trabajo, el ocio creativo, la reducción en el tamaño de un sinfín de infraestructuras, la primacía de lo local y, en suma, la sobriedad y la simplicidad voluntarias. Si el decrecimiento y la redistribución de los recursos ganan terreno se podrían reflotar sectores económicos que guardan relación con la satisfacción de las necesidades, y no con el sobreconsumo y el despilfarro, con la preservación del medio ambiente, con los derechos de las generaciones venideras, con la salud de los consumidores y con la mejora de las condiciones de trabajo. Nada de esto forma parte, sin embargo, del horizonte mental que manejan nuestros gobernantes, en el mejor de los casos interesados por lo que pueda ocurrir, en un par de años, al calor de las próximas elecciones. Sorprende que estas gentes se presenten a los ojos de muchos de sus conciudadanos como personas sensatas y diligentes que tienen solución para todos nuestros problemas.

Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Madrid.


AUDIO Carlos Taibo conferencia titulada 'Crisis económica y decrecimiento'

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sábado, octubre 11, 2008

Serge Latouche: sobre el decrecimiento

Una entrevista de Víctor Amela a Serge Latouche, profesor emérito de Economía en la Universidad París-XI –publicada en La Vanguardia edición digital del 16-03-2007– donde se confiesa defensor del decrecimiento económico. No tiene desperdicio.
Foto: Freshwater2006 (Flickr)

Tengo 67 años, nací en Vannes y vivo en París. Soy profesor emérito de Economía en la Universidad París-XI. Estoy casado y tengo tres hijos y cuatro nietos. ¿Política? Alternativa, abogo por un cambio de modelo: ¡soy un objetor del crecimiento! Soy agnóstico. El actual crecimiento económico es insostenible: hay que frenarlo y decrecer.

¿Se define usted como objetor del crecimiento?
Sí. Yo objeto contra la imperante religión del crecimiento económico. Se venera el crecimiento como fin en sí mismo, se persigue siempre crecer por crecer. ¡Es algo irracional y suicida!
Yo creía que crecer era bueno.
¿Sí? *En Europa, el producto interior bruto en 200 años se ha multiplicado por treinta. Y pregunto: ¿somos hoy treinta veces más felices?
Entendido.
Consumimos 20 o 30 veces más, ¡eso sí! La lógica imperante es: ¡más, más, siempre más! Eso nos conduce a una colosal presión sobre los recursos naturales, a agotarlos.
¿Y a qué ritmo crecemos hoy?
El crecimiento económico europeo, según el PIB, es de un 2% cada año.
No parece tanto…
Crecer un 2% anual sobre la ya altísima cota de producción y consumo europea ¡es muchísimo! Los recursos son limitados.
Explotaremos más bolsas de petróleo.
Queda menos petróleo cada día. Y su explotación es cada día más costosa. Dentro de unos quince años, un barril costará 400 dólares: ¡eso hará inviable la aviación civil!
Hallaremos nuevas fuentes de energía.
Los científicos no son tan optimistas al respecto. Por hoy, producir un kilo de carne de vaca europea exige ¡seis litros de petróleo!
¿Cómo calcula eso?
Sume el petróleo necesario para fabricar piensos, abonos, para mover tractores y la industria agroalimentaria del ramo, y el matadero, el transporte de la carne…
Entonces la carne se encarecerá…
Además, esas vacas son viables porque fuera de Europa se usan territorios para cultivar sojas y otros forrajes para sus piensos- cuya superficie equivale a ¡siete veces la de Europa! A cambio, les exportamos residuos.
Carne por mierda.
¡Un 20% de los habitantes del planeta consume un 86% de los recursos del planeta! Y en la cúspide estamos la llamada clase consumidora mundial: 600 millones de personas (cifra que coincide con los automóviles que circulan en la Tierra), distribuidas así: 300 millones en Europa, 200 millones en EEUU y 100 millones en Japón y China.
¡Y todo el resto de la humanidad anhelando entrar también en este club!
Por eso la única salida sensata es decrecer. ¡Fomentar el crecimiento es insensato, sólo conduce a la debacle global!
¿En qué medida cada repunte de crecimiento mina recursos naturales?
Lo medimos por la llamada impronta ecológica, que consiste en el impacto que nuestro nivel de vida tiene en el espacio bioproductivo de la Tierra.
¿Qué entiende por espacio bioproductivo?
Es el espacio que nos surte de alimentos, energía, recursos: el planeta tiene 51.000 millones de hectáreas, de las que 12.000 millones son bioproductivas. ¡De ellas dependemos todos los habitantes del planeta!
¿Qué parte de ese espacio me nutre a mí?
Dada la actual población de la Tierra, cada uno deberíamos sostenernos con 1,8 hectáreas de ese espacio bioproductivo.
Dice “deberíamos”… ¿No es así?
El actual nivel de vida de los españoles: necesita ¡4,5 hectáreas por persona/año! para sostenerse. Si todos los habitantes del planeta quisieran vivir como los españoles…, ¡harían falta dos planetas y medio!
¿Y si quisieran vivir como los franceses?
Serían necesarios tres planetas.
¿Y como los estadounidenses?
Seis planetas.
¡Seis planetas!
De seguir creciendo al 2% anual, en el año 2050 la humanidad necesitaría ya explotar ¡30 planetas! como la Tierra para sostener tal crecimiento.
Ahora consumimos el patrimonio acumulado por la Tierra en miles de años: hoy quemamos en un año lo que la fotosíntesis tardó 100.000 años en producir.
¿Qué deberíamos hacer para frenar esto?
Volver a una impronta ecológica igual a 1 planeta y no más: o sea, sostenernos con 1,8 hectáreas por persona y año.
Dicte tres medidas para conseguirlo.
¿Sólo tres? Bien. Una: optimizar el uso de la energía, pues el grupo de estudiosos Nega-wat en un informe ha demostrado que en Francia podríamos consumir ¡cuatro veces menos energía! con similar rendimiento.
Dos. Volver a una agricultura ecológica, con abonos naturales y sin pesticidas, y fomentar el localismo agropecuario.
Y tres: dejar de derrochar cada año ¡500.000 millones de dólares en publicidad! Esto por higiene espiritual y material: en papel supone 50 kilos de bosque por persona y año.
¿Quiénes son los beneficiario del actual sistema?
Grandes transnacionales como Monsanto. Y todos nosotros somos a la vez víctimas y verdugos…
¿Ha visto la película de Al Gore?
Sí, y aconsejo verla porque te conciencia. Aunque no analiza la lógica del sistema, no denuncia la lógica perversa del crecimiento. No señala responsabilidades.
¿Podemos ser ricos de modo sostenible?
Si vinculamos riqueza a consumo material, no. Por eso nuestro mayor desafío actual consiste en redefinir la idea de riqueza: entenderla como satisfacción moral, intelectual, estética, como empleo creativo del ocio.
¿Y lo lograremos, profesor?
Lo lograríamos si todos pensásemos como piensa mi amigo el poeta Castoriadis, que siempre me dice: “Yo prefiero adquirir un nuevo amigo a un nuevo coche”.

Ver algunos vídeos VOS de Serge Latouche en Decrecimiento.

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